Durante años escuchamos que lo importante no era la cantidad de tiempo que compartíamos con nuestros hijos, sino la calidad.
Y aunque esa idea tiene mucho de cierto, con el tiempo también puede transformarse en una nueva exigencia.
Porque entonces sentimos que cada momento compartido tiene que ser especial.
Tenemos que jugar, conectar, escuchar con paciencia, hacer actividades significativas, responder con calma y aprovechar cada instante.
La vara vuelve a subir.
La realidad, sin embargo, suele ser mucho más sencilla.
Los vínculos no se construyen únicamente en los grandes momentos.
También se construyen en la repetición de lo cotidiano.
Mientras cocinamos y ellos dibujan cerca.
Cuando viajamos juntos en el auto.
Cuando hacemos las compras.
Cuando leen y nosotros trabajamos en la misma mesa.
Cuando compartimos un silencio.
La presencia adopta muchas formas.
A veces implica jugar.
Otras veces simplemente significa estar disponibles.
No necesariamente disponibles para resolver todo, sino emocionalmente presentes.
Nuestros hijos necesitan momentos de conexión profunda.
Pero también necesitan una presencia estable, predecible y suficientemente buena.
Y nosotras también.
La maternidad no necesita madres perfectas.
Necesita madres reales.
Mujeres que algunas veces tienen energía para jugar durante una hora y otras apenas pueden abrazar antes de dormir.
Y ambas versiones siguen siendo valiosas.
Quizás la verdadera pregunta no sea cuánto tiempo compartimos.
Sino cómo habitamos ese tiempo.
Con culpa o con presencia.
Con exigencia o con aceptación.
Al mismo tiempo, tampoco necesitamos minimizar la importancia de estar.
La cantidad también construye vínculo.
Los pequeños encuentros cotidianos, la repetición, la disponibilidad y la convivencia crean una sensación de seguridad difícil de reemplazar.
Por eso tal vez no se trate de elegir entre calidad o cantidad.
Se trata de comprender que ambas se necesitan.
Y que ninguna requiere perfección.
Cuando dejamos de perseguir un ideal imposible, aparece algo mucho más valioso.
La suficiencia.
La posibilidad de reconocer que nuestros hijos ya son suficientes tal como son.
Y que nosotras también.
No porque hagamos todo bien.
Sino porque, cada día, seguimos eligiendo estar presentes desde las posibilidades reales que tenemos.
Y eso también alcanza.
Muchas más veces de las que imaginamos.
Con cariño,
Tere & Vicky
