Vivimos en una cultura que valora la productividad, la rapidez y el hacer constante. Como mujeres, y especialmente como madres, aprendemos muy temprano que cuidar de los demás suele ocupar el primer lugar. Con el tiempo, muchas terminamos sintiendo que nuestro propio descanso, nuestro deseo o simplemente un rato de ocio son un lujo que hay que justificar.
Y entonces aparece la culpa.
Culpa por sentarnos a leer mientras hay ropa para doblar. Culpa por salir a caminar solas. Culpa por cerrar la puerta y pedir unos minutos de silencio. Culpa por querer hacer algo que no tenga ninguna utilidad para la familia.
Sin darnos cuenta, vamos perdiendo contacto con una dimensión fundamental de nuestra vida: nuestro tiempo interno.
El tiempo externo es el de las agendas, las obligaciones, los horarios, los pendientes y las demandas. Es el tiempo que organiza la vida cotidiana y que, en cierta medida, necesitamos para sostenerla.
Pero existe otro tiempo, mucho más silencioso, que pocas veces tiene lugar en nuestras rutinas.
El tiempo interno.
Es ese espacio donde podemos preguntarnos cómo estamos, qué sentimos, qué necesitamos y qué deseamos.
Es el tiempo en el que dejamos de responder automáticamente a todo lo que sucede afuera para volver a escucharnos por dentro.
El problema aparece cuando el tiempo externo ocupa todo el espacio disponible.
Muchas mujeres pasan semanas enteras resolviendo necesidades ajenas sin encontrar siquiera diez minutos para preguntarse cómo están ellas.
Y cuando finalmente aparece un momento libre, en lugar de disfrutarlo, aparece la culpa.
Como si descansar fuera sinónimo de egoísmo.
Como si el ocio tuviera que ganarse.
Como si nuestro valor dependiera únicamente de todo lo que hacemos por los demás.
Sin embargo, el descanso no es la recompensa después del esfuerzo.
Es una necesidad humana.
El ocio tampoco es tiempo perdido.
Es un espacio donde aparecen la creatividad, la conexión con una misma, la regulación emocional y el placer.
Cuando recuperamos esos pequeños momentos, no dejamos de cuidar a quienes amamos.
Nos cuidamos para poder seguir habitando esos vínculos con mayor presencia.
Encontrar un equilibrio entre el tiempo interno y el tiempo externo no significa repartir las horas en partes iguales.
Significa que ambos existan.
Que, en medio de las responsabilidades, también haya pequeños espacios para respirar, leer unas páginas, escribir, caminar, mirar una planta, escuchar una canción o simplemente tomar un café sin hacer otra cosa al mismo tiempo.
Quizás el desafío no sea tener más tiempo.
Quizás el verdadero desafío sea empezar a creer que también merecemos habitarlo.
Porque cuando una mujer vuelve a encontrarse consigo misma, no se aleja de quienes ama.
Se acerca desde un lugar mucho más genuino.
Y ese también es un regalo para sus hijos.
Un abrazo,
Tere & Vicky
